Y llegó la Navidad, otro año más. La fiesta predilecta de las
emociones y los sentimientos, la que remueve presente, pasado y futuro, la que reúne
a distintas generaciones en torno a una mesa y que incluso es capaz de
conectarnos de manera subconsciente con aquellas personas que no están a
nuestro lado, o que nos dejaron hace tiempo, o que lo están pasando mal, en la
distancia.
Por supuesto que en unas fechas tan señaladas nos acordamos mucho de
ellos…tanto o más que en el resto del año, pero sin duda, de un modo especial.
La
Navidad también es una época donde se entremezcla la luz radiante de los
pequeños, con el espejismo melancólico de los que ya no están con nosotros.
Esta receta conlleva que las fiestas navideñas no sean una época más, sino un
periodo distinto que nos asalta como un terremoto de sentimientos: tristes, alegres,
positivos, negativos, cambiantes, pero como mínimo, diferentes a los de otros
momentos del calendario.
Hablando de sentimientos, quiénes mejor para explicarnos
su significado que los niños. Efectivamente, sus ojos y expresiones les delatan,
y es que no puede negarse que tienen mucho que enseñarnos en este campo. Su compañía
es un regalo, precisamente por eso, porque en unas fiestas que unen a tantas y
tantas generaciones, ellos son el punto de conexión ideal sobre el que
disfrutar de la Navidad.
Sí, hemos dicho disfrutar, porque, aunque en “ocasiones
no acompañe la ocasión”, valga la redundancia, lo cierto es que cada Navidad es
un ahora o nunca, que no vuelve, por tanto, para qué perdernos en problemas de
mayores. Mucho mejor infiltrarnos en la inocencia de los más pequeños y mirar a
través de sus ojos; de esa forma, seguro que la navidad nos revelará su esencia…esperanzadora,
ilusionante y enormemente inspiradora.
Felices fiestas para todos.
(Retomamos
la actividad habitual el 8 de enero de 2024)